viernes, 18 de octubre de 2024

La falacia de lo tradicional.

En el mundo de las artes marciales existe la tendencia a la adoración a lo tradicional, hasta el punto de elevarlo a un tipo de actuar divino, incuestionable e inmutable. Y en la mayoría de casos, además, se busca o bien relacionar la escuela propia con una mucho más antigua o, en su defecto, aportar pruebas de que la escuela en sí fue fundada hace varios siglos.

Todo esto ocurre por una costumbre a pensar que lo tradicional (AKA lo antiguo) es mejor. Lo antiguo, ha sobrevivido el paso de los años hasta hoy, y si le servía a un señor en un campo de batalla fangoso hace 6 siglos, a mí debe servirme hoy en la jungla de asfalto del siglo XXI. Pero todo este pensamiento es un error. Decir que por ser tradicional es mejor es como decir que saber conducir un coche de caballos, hoy en 2024, es mejor que saber conducir un vehículo a motor. Conducir un coche de caballos puede ser divertido, puede ser interesante y puede ser un reto, pero la realidad es que para prácticamente todo el mundo civilizado hoy día resulta una práctica inútil. No solo nadie se desplaza a caballo por norma general, si no que no está permitida su circulación, a nivel particular, por la mayoría de vías. Por mucho que nos guste el carro de caballos, su aprendizaje y manejo no resulta práctico y útil para hoy día, por muy tradicional y muchos años de existencia que tenga.

Con las artes marciales pasa exactamente lo mismo. Que algo fuese usado hace 6 siglos por un señor en los campos de batalla no lo hace útil, práctico y aplicable al día de hoy. Eso ocurrió con la Kage-ryū de Aizu, fundada en 1490. Está escuela estaba enfocada a la lucha en campos de batalla, pensando en que tanto el practicante como el oponente portaban armadura. Eso definía y modelaba la forma del estilo. Tras acabar la guerra civil en Japón y unificarse bajo el shogunato Tokugawa, las escuelas de espada comenzaron a modificar su forma, pues los espadachines ya no portaban armadura, permitiendo no solo moverse más ágilmente, si no dañar al oponente sin necesidad de cortar con tanta fuerza. Por eso, los movimientos y técnicas comenzaron a ser más fluidos y ágiles.

Tanto las artes marciales como los kata están vivos, son dinámicos y cambian con los tiempos. De ese modo, Kage-ryū kenjutsu derivó en Yagyū Shinkage-ryū, siendo su legado el único resquicio que queda de esta escuela. También la escuela Jigen-ryū, enfocada enteramente al enfrentamiento con armadura, hoy día se practica desde un enfoque de conservación cultural, no desde lo aplicable del sistema. 

Del mismo modo, la sociedad cambia, y con ella los tipos y modos en que se generan los conflictos. No surgen ni se manejan igual que hace 50 años. Por eso los estilos, aunque tengan una base y modelo de entrenamiento tradicional, deben adaptarse y dar al budōka las herramientas para defenderse y manejar el conflicto en los tiempos modernos, no en un modelo de enfrentamiento de hace 400 años. Un estilo fijo e inmutable es un estilo muerto, y los estilos muertos están condenados a desaparecer en beneficio de otros que sí son capaces o bien de adaptarse o bien de suplir las necesidades contemporáneas, sean estilos tradicionales o nuevos, del mismo modo que el judō suplantó a buena parte de las escuelas de jujutsu de la época cuando los estudiantes de Kano vencieron a varias escuelas en la época. Se debe afrontar esto con la mente abierta y asumir que quizá lo que hemos aprendido o lo que enseñamos esté desfasado y requiera o una revisión o incluso una eliminación.

Del mismo modo, las aplicaciones del kata deben analizarse y ser conscientes no solo de cuales son realistas y honestas, si no también si dicho contexto es actual y factible. Igual que muchas aplicaciones originalmente eran defensas contra ataques con espadas o lanzas y hoy día se han modificado para que sean frente ataques a mano vacía, cuchillos o palos cortos.

Eso no significa que se deban abandonar sistemas exclusivamente basados en algo tradicional y desfasado, como pueden ser las artes de espada o de naginata. Está bien practicarlas y amarlas, cultivarlas. Incluso hacerlo desde la perspectiva pragmática, es decir, 'si alguien me atacase con una espada y tuviese que defenderme con una espada, haría esto'. Es completamente válido, pero no debemos engañarnos pensando que aplicaciones de ese tipo, además de ese tipo de escuelas, son algo realísticamente aplicable al contexto histórico-social actual.

Como practicante de iaidō, koryū iaikenpō y karate, soy plenamente consciente y honesto con respecto a la aplicabilidad de lo que practico y qué cosas pueden ser realmente utilizables y cuales no en la sociedad actual.

Todo esto, al final, forma también parte del shōshin (初心 espíritu de principiante), el afrontar y enfocar las cosas siempre como si fuésemos principiantes, como si siempre tuviésemos algo que aprender, como si todo pudiese ser de un modo diferente al que creamos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Quieres aportar algo o dar tu opinión sobre la publicación? siéntete libre de hacerlo, siempre estoy abierto a una discusión sana e interesante.